TODOS PRECISAMOS ALGUNA VEZ DE MILAGROS
 
Ayer ocurrió un milagro conmigo, y hoy ocurrió otro todavía mas increíble. claro que deben tener una explicación, pero creo que eso no les quita mérito para entrar en su categoría. Digo milagro porque en la primera ocasión, a sabiendas y por estar cansada de pelear, dejé,  compactué, y contribuí  para que pasara exactamente lo contrario. En la segunda, un error bancario inverosímil fue mi mejor amigo del 2009, que me dió la mano justo en el momento que mas lo necesitaba.  hernán casciari describe uno que hizo me llorar de emoción, ahí va.
 
 

Voy a contar algo que ocurrió tras la muerte de Roberto y que, por un

momento, nos pareció una magia de entrecasa. Podría narrar el milagro

sin dar a conocer su lógica interna, escondiéndoles a ustedes la

explicación que lo desbarata. Pero no haré eso, porque me quedaría un

final fantástico y nada más. Voy a narrar los hechos sin trucos. Ustedes

verán a las marionetas pero también los hilos que las mueven. Dicho esto,

la historia empieza con una mujer, sentada en un sillón, y sigue con una

chica de once años que va en coche por la ruta.

La mujer, que también es mi madre, acaba de echar a todo el mundo de

su casa (a los amigos, a los hermanos, a los nietos) porque necesita

quedarse sola, llorar sola y esperar sola a que llegue el sueño. Hace

cincuenta y dos horas que no duerme. Ahora intenta descansar y se

desploma en el mismo sillón que usaba su esposo antes de morir. Su

esposo, que también era mi padre.

Es la noche del once de julio. Por primera vez en cuarenta años, esta

mujer cierra la puerta de su casa sin que dentro viva nadie más.

El truco comienza en este párrafo, porque a diez kilómetros, por la ruta

cinco, van en coche mi hermana Florencia, su marido el Negro Sánchez y

sus hijos, de regreso a La Plata después del entierro. Es de noche y nadie

habla, porque ha sido un día muy triste y después una noche muy larga.

Una chica de once años, que se llama Manuela y es mi segunda sobrina,

se recuesta sobre la ventanilla a ver pasar las luces del camino; saca de su

mochila un teléfono móvil y se pone a revisar los contactos. Nadie le

presta atención.

Volvamos a Mercedes. La mujer que es mi madre aprovecha su primera

soledad para desahogarse sin testigos. No ha podido hacerlo antes porque

no tuvo un segundo sin compañía, sin abrazos o presencias. Se ha

mostrado fuerte en todas partes: serena en el salón y en los pasillos de la

casa velatoria, y también entera en las calles del cementerio, frente a la

bóveda. Saludó, besó y agradeció a todo el mundo; cabizbaja y líquida, es

verdad, pero sin desbordes. Ha durado cincuenta horas sin hacer un solo

escándalo en público. Ahora, por fin, está sola.

Se pone a gritar como si la hubiesen quemado.

Lejos de allí, cruzando el peaje de Luján-Mercedes, uno de mis

sobrinos, Tomás, observa el celular que maneja Manuela, su hermana. No

es el teléfono de siempre, el rosa de juguete, sino uno distinto de color

negro, que parece real. El hermano pregunta:

—¿De dónde lo sacaste?

Manuela no le responde y se queda mirando por la ventana. El

hermano insiste:

—¿Es un teléfono de verdad?

Entonces Manuela se acerca a su oído y le contesta, en voz muy baja

para que sus padres no la escuchen:

—Es el celular del abuelo Roberto —y también dice—: tiene crédito.

Como se ve, lo que va a pasar dentro de un rato no tiene nada que ver

con un milagro, pero sigamos con los hechos naturales.

En la que fue mi casa, en la que es mi casa, la mujer sigue con sus

gritos. No son lamentos al azar, no son aullidos ni onomatopeyas salvajes,

sino preguntas retóricas dirigidas a su esposo, en tono de reprobación y

con timbre de barítono.

La mujer le reprocha al marido, en voz alta, la poca consideración que

tuvo al morir, de un modo tan repentino y a destiempo. Se levanta del

sillón y le habla. Las frases que dice no tienen sentido, por lo menos no en

el terreno de la lógica, pero a la viuda le bastan y le sobran para

desahogarse.

Ella sabe que gritar ¡por qué te tuviste que morir! no sirve para nada,

pero lo dice de todas formas. Y lo repite, y lo repite una vez más, porque

los reproches inútiles, en las casas vacías, suenan mejor con la insistencia.

Con el tiempo aprenderá a usar el pensamiento, a conversar en silencio,

sin hacer uso de los gestos ni la boca, pero ahora la mujer es inexperta y le

habla a su esposo a viva voz. Le habla al sillón, en realidad. Ya no le grita:

de a poco la escena se convierte en una conversación típica del

matrimonio, en una crisis menor, en uno de los muchos monólogos

nocturnos en donde ella siempre gritó y el otro siempre hizo silencio.

—Siempre igual vos —le dice—. Cuando hay problemas, calladito.

En el coche dos de mis sobrinos duermen; Manuela no. Ella sigue

mirando las luces por la ventanilla, con el teléfono todavía en la mano. Se

llevó ese teléfono porque nadie más lo iba a usar, y porque ella todavía no

tiene uno. Más tarde confesaría que no fue un robo: dos o tres veces quiso

pedírselo a su mamá, pero ella siempre estaba llorando o dejándose

abrazar por gente. En un momento se lo mostró a su abuela y le dijo, con

mucha vergüenza:

—Chichita, ¿lo puedo usar yo ahora?

Y su abuela hizo que sí con la cabeza, pero era un sí a cualquier cosa, no

estaba mirando a ninguna parte. Por eso ahora la chica piensa en la

abuela triste, en su cara de agotamiento y pena, y siente culpa por haberla

dejado sola, en Mercedes. Se despidieron en la puerta, sus padres le

ofrecieron quedarse, o que se fueran todos a La Plata, pero la abuela no

quiso:

—Alguna vez tengo que estar sola —dijo, y se encerró.

Su abuela es fuerte, piensa Manuela, ella no se habría animado a

quedarse sola tan pronto. Es fuerte pero está triste. En once años, en toda

su vida, Manuela no había visto nunca a Chichita con los ojos sin brillo.

Entonces abre el teléfono y le escribe.

El hilo y las marionetas se unen en este segundo, porque al mismo

tiempo que la nieta pulsa la primera letra del mensaje, la viuda, que

conversa en casa con su esposo, le está pidiendo una señal al muerto.

—Dame una señal —dice la mujer, que es también mi madre, mirando

el sillón vacío.

No es increíble, no es mágico que Manuela escriba su mensaje en este

punto de la historia. Bien mirado, es natural. Es cierto que también pudo

haber ocurrido primero una cosa y mucho después la otra, incluso con

horas de diferencia, pero están pasando las dos a la vez y no debe

asombrar a nadie.

La chica escribe en el coche mientras la mujer, en su casa, le pide a su

marido —en voz muy alta— que le dé una señal. También le pregunta qué

hará ella ahora, sin los hijos y sin él; cómo se recompone la rutina; dónde

están las facturas y cómo se pagan; quiere saber si el tiempo cura;

pretende que él la ayude a tramitar la pensión; le pide otra vez una señal;

le dice que tendría que haber sido al revés, y dentro de veinte años; pero

sobre todo al revés.

Mezcla la desesperación filosófica con el planteo doméstico, a veces en

la misma frase. Habla con serenidad, pero ya sin control, a la vez que

Manuela redacta una frase muy simple, de cuatro palabras, a sesenta

kilómetros de allí:

NO ESTÉS TRISTE, DESCANSÁ —es lo que escribe mi sobrina, y envía el

mensaje. Después acomoda la cabeza en el hombro de su hermano, y se

queda dormida.

Miremos por un instante cómo viaja el texto hasta un satélite, cómo

rebota la frecuencia y se convierte en bytes. Veamos la escena desde todos

los ángulos, para asegurarnos de que no hay milagro posible, que todo

tiene la lógica del tiempo y del espacio.

Mientras las palabras de su nieta viajan en medio de la noche, la mujer

sigue con su monólogo encendido. Sospecha que su esposo resultará un

muerto tímido, como lo fue en vida, poco dado a lo trascendental, porque

no aparece. Supone que le costará hacerse presente, dejarse ver. Y así se lo

dice:

—Vos no sos la clase de tipo que se aparece después de muerto, yo sé

que te da vergüenza, suponés que esas son cosas de putos, pero tenés que

hacer un esfuerzo. Vos…

Entonces suena, en la casa vacía, el teléfono móvil de la mujer. Ella se

queda con la palabra en la boca y camina hacia el milagro falso, mientras

se pone los lentes de leer de cerca. Observa, en la pantalla del teléfono,

una frase imposible, en letras mayúsculas:

ROBERTO HA ENVIADO

UN MENSAJE DE TEXTO

La mujer, que es también mi madre, presiona un botón y repasa las

cuatro palabras que hace diez segundos ha escrito Manuela desde el

coche.

—No estés triste, descansá.

Se queda un rato largo mirando la pantalla, con los dedos inmóviles. No

parpadea ni respira. Tiene la luz verde del teléfono en los ojos, y los ojos

muy abiertos.

Después la mujer sale del comedor más serena, sin mirar el sillón ni

decir una palabra más. Tiene la garganta seca de tanto monólogo. Apaga

las luces de la cocina, entra a su cuarto y se acuesta. Se queda dormida y

descansa.

Este libro acaba así, no hay nada más. Podría haber explicado la última

historia omitiendo las escenas del coche, y habría salido un cuento más o

menos prodigioso, con una viuda que pide una señal y un marido muerto

que le responde. Pero no fue así. Conté las cosas como ocurrieron, con el

backstage incluido, porque las anécdotas son mejores cuando no tienen

nada del otro mundo.

 
 
 
 
 
“el pibe que arruinaba todas las fotos”

Uma resposta para “”

  1. devoradoradeletras Diz:

    Porque tu é assim? Lindo texto. Me empresta esse livro despues. Besos.

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